
A veces (y no trates de restarle importancia diciendo que no ocurre con frecuencia)se te quiebra la vara con que mides,se te extravía la brújula y ya no entendes nada.
El día se convierte en una sucesión de hechos incoherentes, de funciones que vas desempeñando por inercia y por habito.
Y lo vives.Y dictas de oficio a quienes corresponde. Y das la clase.Y repasas las cuentas del gasto y reflexionas,junto a la cocinera, sobre el costo de la vida y el ars magna combinatoria del que surge el menú posible y cotidiano.
Y aun tenes voluntad para desmaquillarte y ponerte crema nutritiva y aun leer algunas líneas antes de apagar la luz.
Y ya en la oscuridad, en el umbral del sueño,extrañas lo que se ha perdido:El diamante más precioso, la carta de marear, el libro con cien preguntas básicas (y sus correspondientes respuestas) para un dialogo elemental siquiera con la efigie.
Y tienes la penosa sensación de que en el crucigrama se deslizo una errata que lo hace irresoluble.Y deletreas el nombre del Caos no puedes dormir si no destapas el frasco de pastillas y si no tragas una en la que se condensa,químicamente pura, la ordenación del mundo

